La mesa, que momentos antes había sido el epicentro de una tensión palpable, finalmente estaba unida. Lo que antes eran dos superficies separadas, ahora formaban un espacio amplio y continuo, perfectamente dispuesto para los cuatro comensales. Los meseros, con una celeridad impresionante que solo la presión de la élite podía inspirar, habían trabajado con una precisión casi coreográfica. Habían reorganizado cada elemento con una destreza que rozaba la perfección, desde el ajuste milimétrico de