El sonido de la discusión de Clara y Daniel persistía, aunque un poco más bajo, como si la intensidad se hubiera agotado momentáneamente, dejando solo el rescoldo humeante de la amargura. Nant se sentó en el suelo, junto a la puerta del baño donde Emilia se había refugiado. Sabía que las palabras no iban a detener la tormenta, pero necesitaba ofrecer un ancla, una promesa.
—Emilia —dijo Nant, su voz suave pero firme, proyectada a través de la madera—. Sé que esto es horrible. Sé que duele. Pero