El cubículo 14 era un insulto de madera aglomerada y luz fluorescente. Mateo, el hombre que solía decidir el destino de flotas enteras desde un trono de cuero, ahora pasaba el día revisando hojas de ruta de camiones en una pantalla de veinte pulgadas.
A las ocho de la noche, la oficina estaba casi desierta. Mateo caminó con dificultad hacia el banco de ascensores, su pierna protestando con cada paso tras diez horas de trabajo sedentario.
Las puertas se abrieron. Dentro, bañada por la luz cálida