Capitulo 8

El cubículo 14 era un insulto de madera aglomerada y luz fluorescente. Mateo, el hombre que solía decidir el destino de flotas enteras desde un trono de cuero, ahora pasaba el día revisando hojas de ruta de camiones en una pantalla de veinte pulgadas.

A las ocho de la noche, la oficina estaba casi desierta. Mateo caminó con dificultad hacia el banco de ascensores, su pierna protestando con cada paso tras diez horas de trabajo sedentario.

Las puertas se abrieron. Dentro, bañada por la luz cálida del espejo del ascensor, estaba Elena.

Llevaba su abrigo de cachemira sobre los hombros y revisaba unos documentos en su tableta. No levantó la vista cuando él entró, pero Mateo notó cómo sus nudillos se tensaban. El aire se volvió pesado, saturado con el aroma a jazmín que ahora lo perseguía en sus sueños.

Mateo presionó el botón de la planta baja. Las puertas se cerraron.

De repente, un sacudida violenta sacudió la cabina. Las luces parpadearon y, con un gemido metálico, el ascensor se detuvo en seco entre el piso 20 y el 21.

—Maldita sea —gruñó Mateo, perdiendo el equilibrio. Su bastón resbaló y él habría caído si no fuera porque Elena soltó su tableta y lo sostuvo por los brazos.

El contacto fue como una descarga eléctrica. Hacía meses que no se tocaban. Mateo sintió la suavidad de la piel de Elena y ella sintió la dureza de los músculos de él, ahora más magros pero más fuertes tras la rehabilitación.

—¿Estás bien? —preguntó ella, su voz perdiendo por un segundo esa armadura de hielo.

—Estoy bien, Elena. Suéltame antes de que te contamines de un "empleado" —respondió él, con una amargura que escondía su deseo de no soltarla nunca.

Elena lo soltó de inmediato, recuperando su compostura. —Es una avería técnica. Roberto ya debe estar avisando a mantenimiento. Mantén la calma.

—La calma es lo único que me queda —Mateo se apoyó contra la pared del espejo, respirando con dificultad. El espacio cerrado hacía que el perfume de ella fuera sofocante—. ¿Por qué lo haces, Elena? ¿Por qué me obligas a arrastrarme en un cubículo? Disfrutas viéndome así, ¿verdad? Es tu venganza.

Elena se giró hacia él. El espacio en el ascensor era tan pequeño que sus pechos casi rozaban el pecho de Mateo.

—No es venganza, Mateo. Es justicia —dijo ella, clavando sus ojos oscuros en los de él—. Quería que supieras lo que se siente al ser invisible. Lo que se siente cuando alguien que tiene todo el poder sobre ti decide ignorar tu existencia. Durante tres años, yo fui tu "analista de logística" emocional. Revisaba tus horarios, cuidaba tu salud, te daba mi cuerpo... y tú me tratabas como a un mueble.

Mateo dio un paso adelante, acortando la distancia mínima que quedaba. Su altura seguía siendo imponente, obligándola a inclinar la cabeza hacia atrás.

—¿Crees que no me duele? —su voz bajó a un susurro peligroso—. Cada vez que te veo sentada en ese escritorio, recuerdo que te perdí. Cada vez que mi riñón late en mi costado, me recuerda que no te merezco. Pero no me pidas que te mire con indiferencia, Elena. Porque preferiría que me dispararan otra vez a tener que fingir que no quiero arrancarte ese traje sastre y recordarte quién soy.

Elena sintió que el aliento se le escapaba. La arrogancia de Mateo seguía ahí, pero ahora estaba mezclada con una vulnerabilidad cruda. Él levantó una mano, dudando, y con un dedo rozó la mejilla de ella, bajando lentamente hacia su cuello, donde el pulso de Elena latía desbocado.

—Sigues siendo mía, Elena —susurró él, acercando sus labios a la oreja de ella—. Aunque seas mi jefa, aunque me odies... tu cuerpo me reconoce.

Elena cerró los ojos, luchando contra el impulso de rodearle el cuello con los brazos. El odio es un sentimiento intenso, pero el deseo es un incendio forestal.

—Te equivocas, Mateo —dijo ella, aunque su voz temblaba—. Mi cuerpo recuerda el dolor que me causaste. Y mi mente recuerda que tú me echaste de tu vida.

Justo cuando los labios de Mateo estaban a milímetros de los suyos, las luces se encendieron y el ascensor reanudó su marcha con un tirón. Las puertas se abrieron en el vestíbulo principal.

Elena se alejó de un salto, recogió su tableta del suelo y se ajustó el abrigo sin mirarlo.

—Mañana a las siete de la mañana quiero el informe de las rutas de Valencia en mi mesa —dijo, con la voz fría de nuevo—. Y Mateo... si vuelves a tocarme sin mi permiso, te despediré sin indemnización.

Salió del edificio a pasos rápidos, dejando a Mateo solo en el ascensor, con el corazón martilleando contra sus costillas y el aroma de ella todavía impregnado en sus dedos.


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