Capitulo 3

Seis días.

Mateo Valeriano no había dormido en seis días. Su barba de tres días y sus ojos inyectados en sangre lo hacían parecer cualquier cosa menos el hombre que alguna vez fue portada de Forbes. Había rastreado el autobús hasta un pequeño pueblo pesquero en la costa de Almería, un lugar donde el sol quemaba y el rastro de Elena se volvía borroso.

La encontró en un mercado local, comprando suministros médicos básicos. Ya no llevaba los vestidos de seda de Chanel que él le obligaba a usar. Vestía unos jeans gastados y una camisa de lino demasiado grande. Se veía pequeña, pero extrañamente... libre.

Cuando ella salió hacia el callejón trasero para evitar la multitud, Mateo se movió.

—¡Elena! —Su voz salió como un ruego, áspera y desesperada.

Ella se congeló. Sus hombros se tensaron, pero no se dio la vuelta. Por un segundo, Mateo pensó que ella correría, pero en lugar de eso, Elena exhaló un suspiro largo y cansado.

—Vete, Mateo —dijo ella, sin mirarlo—. Ya firmé los papeles. Ya tienes tu libertad. ¿Qué más quieres? ¿Mi sangre?

Mateo dio un paso hacia ella, con las manos temblorosas. —Elena, lo sé... lo sé todo. Encontré el carnet del hospital. Sé lo del riñón. Sé que me salvaste la vida mientras yo... mientras yo era un monstruo.

Elena se giró lentamente. Sus ojos, antes llenos de adoración, ahora estaban fríos como el hielo del Ártico. —No lo hice por ti, Mateo. Lo hice por el hombre que creí que eras. Pero ese hombre murió hace mucho tiempo. El que está frente a mi ahora es solo un extraño con mucho dinero y muy poca alma.

—Por favor, perdóname —él intentó acercarse, pero ella retrocedió, su mano instintivamente buscando algo en su bolso—. Tienes que venir conmigo. Estás en peligro. Mi socio, los hombres del puerto... saben que te llevaste los archivos. Creen que yo te envié. Creen que estamos juntos en esto.

Elena soltó una risa amarga que le dolió a Mateo más que cualquier insulto. —¿Juntos? Nunca estuvimos juntos, Mateo. Ni siquiera cuando dormíamos en la misma cama. Y no te equivoques... no me llevé esos archivos para chantajearte. Me los llevé para protegerme. Son mi seguro de vida. Si me pasa algo, toda la red de corrupción de Valeriano Logistics saldrá a la luz.

En ese momento, el brillo de una mira láser apareció en el pecho de Mateo.

—¡Al suelo! —rugió él.

Mateo se lanzó sobre ella, envolviéndola con su cuerpo justo cuando una bala impactó en la pared de piedra donde ella estaba parada hace un segundo. El estruendo del disparo resonó en el callejón, rompiendo la paz de la tarde.

—¡Suéltame! —gritó Elena, luchando contra él mientras se arrastraban detrás de unos contenedores de metal—. ¡Prefiero que me maten ellos a que me salves tú!

—¡Cállate y sobrevive! —respondió Mateo, cubriéndola con su propio pecho, usándose a sí mismo como un escudo humano—. ¡Me diste un riñón, Elena! ¡Ahora deja que me den el balazo a mí! ¡Es lo mínimo que te debo!

Desde el final del callejón, dos hombres con chaquetas oscuras y silenciadores avanzaban con frialdad profesional. Mateo miró a Elena a los ojos. Por primera vez en tres años, no la miraba con superioridad, sino con un miedo absoluto de perder la única cosa que realmente importaba.

—Si salimos de esta —susurró Mateo mientras las balas golpeaban el contenedor—, te prometo que nunca más tendrás que esconderte. Pero ahora, Elena... corre.

—¿Y tú? —preguntó ella, su voz temblando por primera vez.

—Yo me quedo a pagar mi deuda.

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