Mundo ficciónIniciar sesiónMateo Valeriano no era un hombre que conociera el miedo, pero mientras recorría los pasillos de su mansión minimalista en La Moraleja, el silencio lo golpeaba como un mazo. Cada rincón de mármol blanco, cada mueble de diseñador que él mismo había elegido para "disciplinar" el espacio, ahora gritaba el nombre de la mujer que había desterrado.
—¿Dónde está, Roberto? —rugió Mateo, lanzando el carnet de donante sobre su escritorio de cristal.
Su jefe de seguridad, un hombre curtido en mil batallas, bajó la cabeza. —Señor... la Sra. Elena abandonó la propiedad hace exactamente cuarenta minutos. No se llevó las joyas. No se llevó la ropa de marca que usted le compró. Ni siquiera se llevó el coche de lujo.
Mateo sintió un vacío gélido en el estómago. —¿Entonces cómo se fue?
—Pidió un taxi de aplicación. La rastreamos hasta la estación de Atocha, pero allí perdimos su rastro. Cambió de ropa en un baño público y dejó su teléfono móvil en un basurero.
Mateo golpeó la pared, ignorando el dolor en sus nudillos. —¡Es imposible! Elena no sabe hacer eso. Ella es... ella es una mujer frágil. ¡Ni siquiera sabe usar un mapa sin ayuda!
—Con todo respeto, señor Valeriano —intervino Roberto, con una voz cargada de una verdad incómoda—, parece que la mujer que usted cree conocer nunca existió. O quizá, nunca se molestó en ver quién era realmente.
Mateo se desplomó en su silla. Miró la cicatriz en su abdomen, la que siempre había considerado un trofeo de su supervivencia. Ahora, la piel le quemaba. Ella estuvo allí. Ella sangró por mí mientras yo le gritaba por llegar tarde a una cena.
—Búscala. No me importa el costo. Contrata a los mejores rastreadores de Europa. Quiero a Elena de vuelta antes del amanecer.
Tres horas después.
El teléfono de Mateo sonó. No era su equipo de seguridad, sino una línea privada que solo usaba para asuntos de "alto riesgo" en la empresa.
—¿Valeriano? —La voz al otro lado era distorsionada, fría—. Tenemos un problema. Tu ex-esposa se llevó algo que no le pertenece.
Mateo se tensó, sus instintos de tiburón empresarial despertando. —¿De qué hablas? Elena no se llevó nada. Ni siquiera su pensión.
—No hablo de dinero, idiota —siseó la voz—. Hablo del archivo Centauro. Tu socio, el director financiero, dejó una copia física en la caja fuerte de tu casa. Elena la abrió antes de irse. Ella vio los registros de los embarques en el puerto de Valencia.
A Mateo se le detuvo el corazón. El puerto de Valencia era el orgullo de su imperio, pero últimamente había rumores de "cargas fantasma". Él había ignorado las alertas, confiando ciegamente en sus socios.
—Ella no sabe nada de eso —mintió Mateo, aunque el sudor frío empezaba a recorrer su nuca.
—Ella lo sabe todo. Y ahora, no solo tú la estás buscando. Nosotros también. Y te aseguro, Mateo, que nuestros métodos para "recuperar" información son mucho más definitivos que los tuyos. Tienes 24 horas para entregarla, o tú serás el próximo en la lista de bajas.
La línea se cortó.
Mateo se quedó mirando la oscuridad de su oficina. El divorcio ya no era su mayor problema. Elena no solo estaba huyendo de un esposo cruel; estaba huyendo de una sentencia de muerte. Y lo peor de todo: ella creía que Mateo era parte del complot que intentaba matarla.
—Elena... —susurró él, apretando el carnet de donante contra su pecho—. ¿Qué te he hecho?
En ese momento, a trescientos kilómetros de distancia, en un autobús de tercera clase que se dirigía hacia el sur, una mujer con el cabello teñido de oscuro y gafas de sol se tocaba el costado derecho con gesto de dolor.
Elena ya no era la "esposa de cristal". En su regazo, apretaba una pequeña memoria USB que contenía suficiente evidencia para destruir el imperio Valeriano.
"Me diste tu apellido, Mateo", pensó ella, mirando por la ventana hacia la noche cerrada, "pero yo te di mi vida. Ahora, estamos a mano."







