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Alec iba manejando, pero su mente iba demasiado rápida, tan frenética que ni siquiera podía concentrarse bien en la conducción. Sus ojos azules estaban inyectados de tanta rabia y llenos de un dolor indescriptible. Tenía que enfrentarse a la idea de que Edward, el niño que amaba, era biológicamente su hijo y el de Miranda. Tenía que explicarle la situación a Miranda y hacerle entender que él no sabía nada de esa horrenda realidad.

Llegó a una decisión: todavía no se lo contaría. Necesitaba pru
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