LUCIEN
Los lobos aullaban de dolor mientras caían unos a otros.
Mis garras abrían su carne hasta verse el hueso. Mis colmillos se clavaban profundamente en sus cuellos, cortando su respiración y desgarrando sus músculos.
Mis cadenas estrangulaban y desmembraban a aquellos que me saltaban por la espalda.
Nuestro pelaje estaba cubierto de sangre y de nuestras fauces escurría aquel líquido espeso mientras me lanzaba a mi siguiente presa.
Clavándole mis garras y arrancándole la garga