Perla
Cuando llego a la villa, el aire se encuentra cargado de una tensión que no puedo ignorar. El chofer, un hombre de rostro serio y mirada impenetrable, me abre la puerta de la camioneta. Llegué sola, por qué Leonor se fue en su auto a su casa.
—Gracias —le sonrío.
—El señor Fabiano la necesita en su despacho. Dice que es urgente —avisa con voz firme, sin mirarme a los ojos.
—He… Sí, está bien. Ya vuelvo por las bolsas —le aviso.
—No se preocupe, señorita Perla. Las llevaré por uste