La mañana en el ático de Manhattan no trajo el caos que muchos habrían esperado tras el anuncio de la llegada de los Doce. En lugar de eso, una serenidad casi sagrada se instaló en los pasillos de mármol. Había algo en la confirmación de la amenaza que había eliminado la ansiedad de lo desconocido. Ya no perseguían sombras; las sombras habían aterrizado en Teterboro y tenían rostros, nombres y una cita con el destino.
Sofía Lennox fue la primera en levantarse. Observó la ciudad desde el ventana