La nieve que había manchado de sangre el puente de Brooklyn parecía un recuerdo lejano bajo el sol de invierno que bañaba la casona a las afueras. Tras la violencia y el suicidio de John, el aire en el ático de Manhattan se había vuelto irrespirable. Alexander, con el brazo vendado y el rostro endurecido por la sospecha, aceptó la propuesta de Sofía: necesitaban espacio, necesitaban tierra bajo los pies y, sobre todo, necesitaban a Williams.
La mudanza a la casona fue un movimiento táctico, per