La luz grisácea del amanecer comenzó a filtrarse por los ventanales del ático, pero no trajo consigo la calma. Para Alexander Thorne, la noche no había sido un espacio de descanso, sino un descenso a los infiernos de la burocracia y la sospecha. Mientras Sofía velaba el sueño de Arthur y Lucía, Alexander se había encerrado en el despacho con una montaña de expedientes físicos y extractos bancarios que Simón había logrado imprimir antes del apagón digital.
A su lado, Elena demostraba por qué Mar