El trayecto desde la Abadía hasta el distrito financiero de Zúrich fue un desfile de sombras grises bajo un cielo que amenazaba con una nevada perpetua. Fidelia Brown, con las manos esposadas con bridas plásticas bajo su abrigo de piel, iba sentada entre Marcus y Alexander. El silencio en la camioneta era tan denso que el siseo de la calefacción sonaba como un rugido.
—Zúrich siempre ha sido mi ciudad, Alexander —dijo Fidelia, rompiendo el hielo con una sonrisa amarga—. Aquí el dinero no tiene