Maximilian Vanderbilt regresó al auto con el rostro encendido. El portazo que dio al entrar hizo que Marcus se tensara en el asiento del conductor. El magnate italiano no soportaba los muros de piedra ni las mentiras de los subordinados, pero lo que menos toleraba era la incertidumbre. Lanzó el guante de cuero sobre el tablero y apretó la mandíbula hasta que los músculos de su rostro se marcaron con violencia.
—Arranca —le ordenó con una voz que era un latigazo—. Esa mujer está ahí. Cassandra d