Ella lo besó. Mateo, deseoso, la apartó de un empujón. —¡Valentina! —Exclamó.
Ella, con cara de no romper un plato, lo miró con una mezcla de inocencia y picardía. —¿No vas a contestar? —Preguntó.
Él la silenció con otro beso, mucho más intenso y demandante. El teléfono seguía vibrando; insistiendo. Valentina sintió un punzada de culpa, tenía la sensación de estar haciendo algo incorrecto, a pesar de ser la esposa legítima de Mateo. Era como si estuvieran engañando a Luciana.
El beso de Mateo er