Luis se fue. Sara tomó un sorbo de leche —si él no iba, ella lo enfrentaría sola.
Llevaba años peleando en ese campo de batalla que era los Vargas, y esta vez no sería distinto. Podía con todos ellos.
Sara tenía plena confianza en sí misma. Sacó el celular y marcó el número de su asistenta.
—Hola, Sara, buenos días —contestó la asistenta.
—¡Buenos días! ¿Llegó el vestido que te pedí que encargara?
El banquete de cumpleaños del abuelo era mañana, y ella había mandado a su asistenta a encargar un