Sus ojos brillaban traviesos bajo las sábanas. Valentina soltó una carcajada.
—¿De qué te ríes? —Preguntó Mateo.
—No sé si estoy cansada. —Respondió ella, con una picardía que lo dejó sin aliento.
Era una provocación perfecta, deliciosa.
Sonrió y la besó de nuevo.
...
Al día siguiente, en casa de los Méndez.
Catalina, se encontraba acurrucada, satisfecha, en los brazos de Ángel. —Me lastimaste. —Lo regañó con cariño.
Él le acarició la barbilla. —Ya te llené, ¿no? —Dijo con una sonrisa pícara.
—¡