Mateo había llegado a Europa. Después de tres años sin verse, sus rasgos se habían vuelto mucho más definidos y marcados. Su traje, perfectamente cortado, delineaba su esbelta figura. Caminaba con paso firme por la terminal, y su presencia imponente de élite hacía que los transeúntes se giraran a mirarlo.
Fernando lo seguía, informándole en voz baja.
—Presidente, ya hemos investigado. No hay noticias de la señorita Valentina aquí, no está en Europa.
Mateo se detuvo frente a un enorme ventanal. —