—No la conozco. —Dijo él.
Después de responder, se marchó con los otros empresarios hacia la sala privada.
El cuerpo de Valentina se tensó.
Aitana, que seguía escondida detrás de ella, se había olvidado hasta de llorar al ver a Mateo. Su cara pálida se tiñó poco a poco con el rubor propio de una jovencita mientras sus ojos seguían embelesados por la figura de Mateo.
Tras despedir a Mateo, Santino se volvió hacia Valentina. —¡Ja, ja, ja! Dijiste que eras la señora Figueroa, pero él ni siquiera te