Aunque Esteban estaba de pie y ella sentada, lo que naturalmente le daría una posición dominante, era ella quien, con su postura erguida y ojos brillantes estudiándolo discretamente, emanaba un aura de serenidad que parecía dominar la situación.
—Sí... sí, lo soy. —Respondió él.
No, se reprendió mentalmente, ¿qué estaba diciendo? Aparte de su maestro, el doc. Milagros, nadie se atrevía a llamarlo por su nombre completo. Esta novia sustituta realmente carecía de modales.
Intentó reprenderla: —Tú.