El martes amaneció con Marcos en su cocina.
Sara lo descubrió cuando salió del dormitorio a las siete y cuarto con una de sus camisas blancas puesta y el pelo todavía húmedo de la ducha. Él estaba de espaldas frente a la encimera, descalzo, con un pantalón oscuro y sin camisa, preparando café con esa concentración suya que aplicaba a todo por igual — los contratos millonarios y el café de la mañana recibían la misma atención absoluta.
Sara se detuvo en el umbral.
Lo miró.
La espalda ancha.