Mientras la mansión Lockwood se sumía en una paranoia asfixiante y los expertos en explosivos acordonaban la Catedral de San Judas con el sonido rítmico de los detectores de metales, en un ático ultra moderno de un rascacielos en el corazón financiero de Brickell, el ambiente era de una frialdad quirúrgica.
Allí, donde el ruido del tráfico de Miami era solo un murmullo lejano, la luz del crepúsculo se filtraba a través de cristales blindados, proyectando sombras alargadas sobre un mobiliario qu