La víspera de la boda no trajo la paz de los preparativos finales, sino el hedor metálico del miedo. La mansión Lockwood bullía con una actividad frenética y macabra. Camiones de florerías de lujo llegaban cada hora, pero no eran recibidos por decoradores, sino por hombres con trajes de protección y perros entrenados.
Cada ramo de peonías, cada arco de orquídeas blancas que debía adornar el salón de la recepción, era desmantelado y escaneado antes de permitir su ingreso.
Iván no había dormido.