El silencio en la suite principal de la mansión Lockwood era tan denso que Alma sentía que se le pegaba a la piel como el aire húmedo de un pantano. Tras la gala de la Cruz Roja, la adrenalina se había evaporado, dejando en su lugar un agotamiento que le calaba hasta los huesos.
Miró la cama inmensa, las sábanas de seda que no eran suyas y las paredes que, a pesar de su lujo, empezaban a recordarle a una jaula de cristal.
Iván estaba en su despacho, probablemente bebiendo un whisky mientras rep