El sonido de las maletas rodando sobre el mármol del vestíbulo resonó como disparos en el silencio sepulcral de la mansión.
Alma sintió que la sangre se le drenaba del rostro mientras bajaba las escaleras, tratando de recomponer su expresión tras el sobresalto del timbre.
Iván apareció desde el ala este, ajustándose los puños de la camisa con esa mirada de acero que utilizaba para intimidar a sus rivales de negocios, él mismo le abrió la puerta.
Frente a él no había un banquero, sino una mujer