Evangeline Olmos.
El sonido suave y progresivo de la alarma de mi teléfono celular me arrancó del profundo letargo en el que mi cuerpo se había sumergido. Abrí los ojos con lentitud, encontrándome con el techo liso y las molduras elegantes de la suite principal del penthouse. Al intentar incorporarme, una oleada de sensaciones físicas me recorrió por completo. Me dolía todo el cuerpo; sentía una rigidez sorda en la pelvis, un ardor persistente en la parte interna de mis muslos debido a los azo