La oficina federal se transformó en un tablero de ajedrez a contrarreloj. Helena sentía que el piso se desmoronaba bajo sus pies, la sola idea de ver a su pequeño Junior en un frío centro de acogida estatal, rodeado de extraños tras el horror del naufragio, le desgarraba el alma.
Sus dedos se clavaron con desesperación en los músculos rígidos del brazo de Alexander.
— Alex, no dejes que me lo quiten... No lo soportaría — suplicó ella, con la voz quebrada por un sollozo que rozaba la locura mate