La puerta de acero de la celda 12 se abrió con un quejido pesado, rompiendo el aire enrarecido del subsuelo.
Entró el doctor de guardia, un hombre maduro de cabello cano y mirada esquiva, escoltado por la severa enfermera jefe.
No traían un equipo de ultrasonido avanzado, solo un monitor Doppler portátil y un esfigmomanómetro manual. En este rincón de Broward, la tecnología médica se dosificaba con la misma mezquindad que la luz del sol.
— Boca arriba en las literas. Movimientos lentos — ordenó