El olor a salitre, pescado y asfalto recalentado golpeó las fosas nasales de Chase Miller en cuanto torció la esquina hacia la parte trasera del mercado de mariscos de Little Havana.
El cielo, teñido de un gris plomizo y espeso, parecía aplastar los tejados de zinc de los locales comerciales.
Detrás de él, el zumbido del motor del sedán gris cesó bruscamente, reemplazado por el impacto seco de dos portezuelas al cerrarse.
Ya no lo seguían a distancia. La caza había comenzado.
Chase apretó el cu