El sol del mediodía caía sin compasión sobre el patio del ala norte de Broward, convirtiendo el asfalto agrietado en una plancha que irradiaba un calor pastoso y asfixiante.
Era la hora de recreo, el único momento del día donde las reclusas de los diferentes bloques se mezclaban bajo la estricta y a veces displicente mirada de los francotiradores en las torres perimetrales.
Helena caminaba despacio, pegada a la sombra proyectada por el alto muro de contención cubierto de concertina.
Llevaba la