La noche había caído por completo sobre Broward, trayendo consigo un frío húmedo que se filtraba por los extractores de aire del pabellón norte.
En la celda número 4, Helena permanecía sentada en el borde de su litera, con la espalda apoyada contra el muro. Entre sus manos, apretaba el frasco de vidrio ámbar que Chase le había entregado.
El eco de las pisadas de los guardias en el pasillo exterior era irregular, un recordatorio constante de que la seguridad allí dentro era un bien que se pagaba