Sus labios vuelven a mi boca con una urgencia que no sabe de pausas ni moralidades. Mi espalda aún está presionada contra la puerta, y el sonido de la cerradura trabada resuena como una sentencia. Sus manos me toman por la cintura, me alzan apenas y en un segundo mis pies dejan de tocar el suelo. Él me sostiene. Como si fuera suya. Como si no importara nada más.
Su boca baja por mi cuello con una precisión que ya conoce. Yo trato de no gemir, de no hundirme… pero entonces sus palmas se presionan