Entramos a la mansión y el silencio cae como una sábana pesada sobre mis hombros.
Los empleados ya están dormidos. No hay murmullos. No hay luces encendidas más allá del débil resplandor de las lámparas automáticas del pasillo.
Solo estamos nosotros dos… y el eco de lo que no se dice.
El sonido de nuestros pasos sobre el mármol pulido es suave, casi reverente. Subimos la escalera en silencio. Puedo ver con claridad la espalda ancha de Daniel moviéndose.
Y, cuando doblamos el pasillo haci