Un golpe me estalla en la mandíbula con una fuerza que no esperaba. La sacudida me atraviesa de un lado a otro, pero el dolor físico no se compara con el que arde dentro de mí, mucho más profundo, mucho más hiriente. Mi orgullo se desgarra con cada latido y siento como si me hubieran arrancado un pedazo de mí mismo. Daniel me mira con una furia que quema, con esos ojos incendiados por un rencor tan intenso que me perforan hasta el alma.
—¿Cómo pudiste? —me escupe, cada palabra saliendo como un