Vamos descendiendo por las escaleras hacia el comedor cuando siento que Arielle se detiene. Me doy la vuelta, sus dedos aprietan mi brazo.
—Un momento… —murmura con un gesto de confusión—. Me siento un poco mareada —musita y de inmediato tomo su rostro con ambas manos. Su piel está fría otra vez y comienza a preocuparme.
—No has comido en todo el día, Arielle. Vamos. Te hará bien —le digo con la voz más suave que encuentro, aunque por dentro estoy molesto por todo esta situación, molesto qui