La carretera serpentea mientras conduzco a través de los caminos rodeados de árboles. El silencio entre nosotros es espeso, como un cristal empañado que ninguno se atreve a limpiar. Arielle no ha dicho una palabra desde que dije que iba a secuestrarla. Solo mira por la ventana, con ese perfil de porcelana congelado. Sus ojos verdes —esos que suelen brillar de orgullo y fuego— ahora parecen opacos. Apagados.
Y me molesta. Me jode más de lo que debería. Porque ella merece tener siempre una sonr