El sol apenas se cuela por las cortinas cuando abro los ojos. La sábana se ha enredado entre mis piernas y el frío del aire acondicionado me recuerda que Cassian ya no está aquí. Aunque el fuerte aroma de su perfume está impregnado en las sabanas y yo no quiero dejar de olerlo. Me froto los ojos con los nudillos. Todo el cuarto huele a él. A pecado. A deseo reprimido y desbordado. A todo lo que no debería haber pasado, pero pasó igual.
Me odio por haber cedido. Por haberlo besado. Por haberle