Cassian se separa apenas un segundo. El sudor resbala por su cuello, y su mirada se clava en la mía con un hambre que me paraliza y me incendia al mismo tiempo. Entonces, sin decir una palabra, toma mi cintura y me gira con suavidad pero con firmeza, haciéndome quedar sobre él, a horcajadas sobre su cuerpo.
—Muévete para mí, Leoncita —ronronea con la voz densa, quebrada por la lujuria.
Y obedezco.
Coloco ambas manos sobre su pecho firme, cálido, marcado. Lo siento latir bajo mis dedos como