Seraphina abre la puerta y me observa en silencio. Tiene los ojos ligeramente hinchados, la piel pálida, el rostro tenso.
Suspira hondo. No dice nada. Solo toma su bolso y ambas salimos de la casa sin dirigirnos una sola palabra. Daniel ya no está. No hay miradas ajenas, no hay juicios colgando del aire. Solo el sonido de la puerta al cerrarse detrás de nosotras y el crujido del camino bajo nuestros pies.
Tomamos un taxi que nos lleva hasta el laboratorio en el centro de la ciudad. Un lugar d