—¿Cuánto tiempo tienes de retraso? —pregunto con firmeza, sin moverme del sitio. Con una genuina preocupación por lo que acabo de descubrir.
Seraphina me observa con el rostro enrojecido, los ojos encendidos como brasas.
—No tienes derecho a preguntarme eso —responde con los dientes apretados, puedo ver sus labios temblando—. Y si le dices algo a mi papá…
—No, Seraphina. ¡Basta! —la interrumpo, cortante—. Tú a mí no me vas a amenazar. Yo no voy a permitir que me chantajes con lo que sabes.