El despacho de Adrik Volkov estaba en penumbra. No porque faltara luz, sino porque él no la soportaba.
Habían pasado horas o quizá días desde que salió de aquella mansión dejando atrás a Lía. Su gitana. La mujer que había jurado proteger, la madre de su hijo, la única capaz de desarmarlo con una sola mirada. Ahora, el silencio pesaba más que cualquier bala.
Adrik estaba sentado detrás del escritorio, con los codos apoyados y las manos entrelazadas frente al rostro. No había bebido, no había dormido, no había gritado. Eso era lo más peligroso.
Vladimir, su padre, permanecía de pie frente a la ventana. Su figura se veía más vieja de lo que Adrik recordaba. Los hombros caídos, la espalda rígida. El peso de los años y de los pecados.
—Dilo —ordenó Adrik sin levantar la cabeza—. Dime la verdad completa. Ahora.
Vladimir cerró los ojos un instante.
—No fue como él lo contó, pero tampoco es una mentira.
Adrik alzó la mirada lentamente. Sus ojos eran oscuros, rotos.
—Empieza desde el principio