El despacho de Adrik Volkov estaba en penumbra. No porque faltara luz, sino porque él no la soportaba.
Habían pasado horas o quizá días desde que salió de aquella mansión dejando atrás a Lía. Su gitana. La mujer que había jurado proteger, la madre de su hijo, la única capaz de desarmarlo con una sola mirada. Ahora, el silencio pesaba más que cualquier bala.
Adrik estaba sentado detrás del escritorio, con los codos apoyados y las manos entrelazadas frente al rostro. No había bebido, no había dor