El silencio que siguió a la confesión fue ensordecedor.
Lía sintió que el aire desaparecía de sus pulmones. El mundo seguía ahí —los hombres armados, el jardín destrozado, la noche cargada de caos—, pero ella ya no estaba en él. Sus oídos zumbaban, su corazón golpeaba con una violencia que la mareaba.
—No… —susurró, negando con la cabeza—. Eso es mentira.
Leo no se movió ni intentó tocarla. Solo la miró como quien ha esperado una vida entera para decir una verdad que quema.
—Ojalá lo fuera —respondió con la voz rota—. Daría lo que me queda de alma por que no lo fuera.
Lía dio un paso atrás, tropezando consigo misma.
—Mi madre murió enferma —dijo, aferrándose a ese recuerdo como a una tabla en medio del naufragio—. Mi abuela me lo dijo. Yo la vi apagarse. ¡No la mató nadie!
Adrik avanzó un paso al frente, con el arma aún baja, pero el cuerpo tenso como un resorte.
—Basta —ordenó—. No sigas, estás confundiendo a mi mujer para salvar tu pellejo.
—¿Tu mujer? —repitió Leo con amargura—. ¿S