La mansión de Leo estaba demasiado silenciosa para ser un hogar.
Lía lo sentía en los huesos.
Los días habían pasado lentos, espesos, como si el tiempo se negara a avanzar. Dormía poco, comía por obligación y caminaba por los jardines como un fantasma elegante. Leo no la presionaba, no la encerraba, no alzaba la voz. Era atento, paciente y eso, curiosamente, la asfixiaba más que una jaula porque cada gesto suyo estaba cargado de intención y ella sin saber lo notaba.
En otro punto de la ciudad,