La mansión de Leo estaba demasiado silenciosa para ser un hogar.
Lía lo sentía en los huesos.
Los días habían pasado lentos, espesos, como si el tiempo se negara a avanzar. Dormía poco, comía por obligación y caminaba por los jardines como un fantasma elegante. Leo no la presionaba, no la encerraba, no alzaba la voz. Era atento, paciente y eso, curiosamente, la asfixiaba más que una jaula porque cada gesto suyo estaba cargado de intención y ella sin saber lo notaba.
En otro punto de la ciudad, Chely caminaba de un lado a otro frente al escritorio de Adrik como una fiera herida.
—Si Leo quiere jugar a ser el padre perfecto —dijo, señalándolo con el dedo—, entonces vamos a obligarlo a demostrarlo.
Adrik la observaba en silencio. No había dormido bien desde que Lía se quedó en esa mansión. Tenía el cuerpo tenso, el alma hecha pedazos y una determinación peligrosa creciendo en el pecho.
—Explícate —dijo al fin.
Chely se detuvo frente a él feliz de que finalmente estuviera dispuesto a escu