Capítulo 34: Ultimátum

La mansión de Leo estaba demasiado silenciosa para ser un hogar.

Lía lo sentía en los huesos.

Los días habían pasado lentos, espesos, como si el tiempo se negara a avanzar. Dormía poco, comía por obligación y caminaba por los jardines como un fantasma elegante. Leo no la presionaba, no la encerraba, no alzaba la voz. Era atento, paciente y eso, curiosamente, la asfixiaba más que una jaula porque cada gesto suyo estaba cargado de intención y ella sin saber lo notaba.

En otro punto de la ciudad,
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