El olor nauseabundo, los quejidos apenas audibles y la visión del cuerpo semidescompuesto de Peter eran una belleza para Adrik. Una obra de arte en agonía. Verlo sufrir sin descanso, a punto de desmayarse del dolor pero aún consciente, era una música perfecta para sus oídos. Su respiración era un hilo, y cada movimiento atraía más moscas a su piel ennegrecida.
—Por favor… —susurró Peter con la voz hecha cenizas—. Ya mátenme.
Adrik sonrió. Una sonrisa lenta, torcida y enferma.
—Nada de lo que