La noche cayó como un telón pesado sobre la mansión, pero Lía no logró dormir. El silencio era engañoso; en su cabeza, los sonidos seguían vivos: el chasquido de la carne, el grito roto, el brillo húmedo de la sangre. No era miedo lo que le apretaba el pecho, era algo más incómodo, más peligroso: culpa.
Se levantó descalza y caminó hasta el ventanal del pasillo. El jardín parecía intacto, hermoso, ajeno. Inspiró profundo. Contó hasta cinco y nada, el alivio no llegó.
—No te escondas de eso —s