La noche cayó como un telón pesado sobre la mansión, pero Lía no logró dormir. El silencio era engañoso; en su cabeza, los sonidos seguían vivos: el chasquido de la carne, el grito roto, el brillo húmedo de la sangre. No era miedo lo que le apretaba el pecho, era algo más incómodo, más peligroso: culpa.
Se levantó descalza y caminó hasta el ventanal del pasillo. El jardín parecía intacto, hermoso, ajeno. Inspiró profundo. Contó hasta cinco y nada, el alivio no llegó.
—No te escondas de eso —se dijo en voz baja—. Míralo de frente.
Recordó el instante exacto en que el alivio la había tocado. No fue cuando la liberaron, no fue cuando supo que el bebé estaba bien. Fue al ver al escocés reducido y gritando. Aquello la sacudió de una forma que no sabía nombrar y eso la aterraba.
El gimnasio vibró con un golpe seco. Lía no tuvo que adivinar. Adrik, siempre Adrik entrenando como si el cansancio fuera un insulto personal, como si el dolor lo absolviera.
Entró sin anunciarse. Él estaba sud