El silencio del sótano era espeso, húmedo y cargado de metal. Lía ya no sabía cuántas horas llevaba allí; el tiempo se rompía entre golpes, sacudidas eléctricas y preguntas repetidas como una letanía enferma que ella se negó a responder. Peter, el escocés que dirigía el secuestro, llevaba rato perdiendo la paciencia y ahora levantaba otra vez la mano, listo para desatar su frustración sobre ella, pero no alcanzó a tocarla.
La puerta explotó hacia dentro con un estruendo capaz de helarle la san