El silencio del sótano era espeso, húmedo y cargado de metal. Lía ya no sabía cuántas horas llevaba allí; el tiempo se rompía entre golpes, sacudidas eléctricas y preguntas repetidas como una letanía enferma que ella se negó a responder. Peter, el escocés que dirigía el secuestro, llevaba rato perdiendo la paciencia y ahora levantaba otra vez la mano, listo para desatar su frustración sobre ella, pero no alcanzó a tocarla.
La puerta explotó hacia dentro con un estruendo capaz de helarle la sangre a cualquiera. Las bisagras salieron despedidas, el polvo se levantó y los hombres alcanzaron apenas a llevarse las manos a las armas y allí estaba él.
Adrik Volkov, con la mirada más negra que la muerte, con la mandíbula clavada, con la respiración tan peligrosa como un animal herido. Si antes era temido ahora parecía un Dios de guerra, uno que no tenía intención de dejar a nadie vivo.
Por un segundo, a todos los presentes se les congeló el alma.
—¡Peter, hijo de putä! —rugió Adrik, lanzá