El regreso al despacho real no trajo paz; su pulso continuaba peligrosamente revolucionado. Megan se sentó detrás de su escritorio de caoba, cruzó las piernas y fijó la vista en la puerta abierta de par en par. Al otro lado del pasillo de mármol, la silueta imponente de Camilo se recortaba contra la luz de su propia oficina. El general se había despojado de su gorra militar y revisaba unos planos impresos sobre su mesa, pero la alineación de ambos despachos seguía siendo perfecta: si él levanta