Faustino tenía sus razones para proponer elegir las cartas al azar. Aunque no entendía de apuestas, su agudeza visual y sus reflejos le permitían detectar a los tramposos que cambiaban, robaban o escondían cartas en las mesas cercanas. Si dejaba que Tadeo repartiera, Faustino temía algún truco.
— ¡Acepto, por supuesto que acepto! — exclamó Faustino.
— ¡Que sea así entonces! ¡Diez mil por ronda! — dijo Tadeo, riendo a carcajadas.
En ese momento, a los ojos de Tadeo, Faustino se había convertido