Después de desnudarse por completo, Mariana seguía sintiéndose avergonzada. Era la primera vez que mostraba su cuerpo a un hombre desconocido, y su cuerpo temblaba con ligereza. Su carne parecía iluminar la clínica.
Faustino, con los ojos abiertos ampliamente, tragó saliva y dijo con firmeza:
—Oficial, por favor, no dude de mi integridad. Baje las manos para que pueda examinar bien la zona afectada y así poder dar el tratamiento adecuado.
Ante la insistencia de Faustino, Mariana, a regañadiente