—Maestro, ¡qué maravilla! No esperaba encontrármelo tan temprano. ¿Adónde se dirige?
Era Diego, el dueño del gimnasio de artes marciales que llevaba tiempo sin ver, el mismo que había estado rogando insistentemente para que Faustino lo aceptara como discípulo.
Con sus cuarenta y tantos años y la cabeza ya empezando a quedarse calva, resultaba bastante cómico que llamara "maestro" a Faustino, y más con esa expresión aduladora en su rostro.
Esto hizo que Larisa soltara una carcajada.
—¡Ja! ¿Quién