Después de mirar brevemente al subjefe, Faustino entró al ring clandestino.
El lugar era enorme.
En el centro del vasto espacio se alzaba una jaula octagonal hecha de acero templado.
Una vez dentro de la jaula octagonal, solo uno podía salir con vida.
No había reglas ni restricciones. Aquí, para sobrevivir, se podía usar cualquier táctica sucia o truco; el único objetivo era matar al oponente.
Si un luchador se rendía por no poder vencer a su oponente, haciendo perder dinero a los jefes, tampoco